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jueves, 26 de enero de 2012

Adyacencias del SUICIDIO

Un servicio excelente
Es bastante común para los ciudadanos de Buenos Aires, más específicamente para los usuarios de subtes y trenes urbanos, encontrarse con los servicios interrumpidos a causa de algún suicida. A las demoras e incomodidades que ello ocasiona para los primeros, se puede contrarrestar –desde el punto de vista del segundo- con la comodidad práctica que implica disponer de varias vías férreas transitadas, si se quiere asegurar el auto-paso a mejor vida.
Por lo demás, la ciudad no tarda nada en deglutir el evento y la vida continúa. Es decir, se repite…
Esperando en la estación de Villa Luro, la formación del ex ferrocarril Sarmiento que llega hasta el barrio de Once, y después de un rato de ausencia de trenes en esa dirección, se escucha el anuncio por los parlantes de la “circulación con demora debido a un accidente en Castelar”. Del siguiente tren que se detiene, en dirección contraria, baja un guarda que nos anuncia a los párvulos que ya llevamos esperando más de veinte minutos, que “hasta dentro de media hora, no va a pasar ninguna formación hacia Once”.
Algunos disponen de la resignación y el tiempo suficientes para continuar la espera, otros salimos en estampida buscando el bondi que nos lleve al laburo. Se escucha una puteada puntual:
“- ¡Qué servicio de mierda!”,
Un botón que viene con el guarda defiende:
“- El servicio está perfecto señor, el problema es la gente que se suicida”.
Entre los que vamos buscando la salida del andén alguno le retruca:
“- …Por ahí se suicida por el servicio de mierda…” y no falta quién lo festeje. El botón sigue corporativo y solemne:
“- El servicio es excelente, y no tiene nada que ver con la gente que se mata por los problemas de la vida”

Frase esta, que me lleva a evocar a...

El Negro César en el D. F.

Los problemas que tenía el Negro César cuando llegó desde la cordobesa Río Cuarto, a vivir amontonado en un vagón del ferrocarril Belgrano, en la capital porteña, me los refirió una noche en el bar “Otoño”, frente a los mejores chilaquiles de la Colonia Del Valle, en el Distrito Federal de México.
“- El único amigo que tenía en la capital -dice- me había dado un trabajo en su comercio, y me las había venido aguantando como podía.  Pero un día me sentí hasta las bolas, harto, podrido de perseguir sueños inalcanzables sobre una especie de fondo de bandoneón lloroso y mugriento”.
Frustrado, se vio a sí mismo como esos perros del pueblo que corrían ladrándole a las gomas de los autos; y le dieron unas locas ganas de parar, de no escuchar más ladridos, de que las ruedas terminaran con todo…
Así que una noche -dice que le dijo a su amigo y patrón- “Esta noche listo… me limpio. Ya lo pensé bien y no quiero más…”
El otro, después de mirarlo un largo rato en silencio, le dice que está bien, que es su vida y su muerte, pero que no vaya a elegir para matarse su negocio, que lo comprometería y que además la alfombra es nueva…
“- Me fui odiándolo y puteando la alfombra, ¡por Dios! Cómo putee esa alfombra… Pero al otro día estaba vivo, y al otro y al que siguió… Es así flaco, uno nunca deja de ser un boludo pero a veces es corregible ¿no? Sobre todo en Argentina donde cada boludo tiene a la mano gozar de ese particular sentimiento llamado amistad…”
Es verdad, tiene razón el Negro César con eso de la amistad, aunque no siempre es necesario –a Dios gracias-  el uso de la sicología inversa. Hay veces en que sólo sirve la acción física e inmediata, como le pasó una vez a... 


El Piringuito, de Villa Atuel

El amigo lo encontró colgado en el bosquecito de Eucaliptos, que está yendo para los médanos. Estaba a las patadas en el aire y el tipo saltó de la bicicleta para impedir el suicidio:
“- Pero que hacés animal. ¡Dejate de joder, carajo!” - el agitado reproche.
A lo que el sorprendido “in fraganti” responde: 
“-…No quiero más hermano, esta vida es una mierda…” y frases por el estilo mezcladas con llantos y quejidos.
En eso el amigo, que lo tiene abrazado de los muslos para soliviar el peso a la soga, nota que la misma rodea la cintura del Piringuito. Lo suelta, se ríe, lo putea…
“-¡Que te parió! Si te querés ahorcar ¡Pelotudo! la soga va en el cuello… ¡No como cinturón!”
Y el Piringuito, con la mano en la garganta, le contesta:
“- Es que del cuello, me ahogo…”

jueves, 8 de septiembre de 2011

Kid ZURDO

Sí señor, tengo entre mis orgullos el de haber sido presidente de la Asociación Boxística de Villa Atuel. ¡Qué tiempos! Ahí en la sede del club, donde estaba también el cine al aire libre, se armaba el ring y ustedes no creerían la cantidad de gente que había en el pueblo en ese entonces y menos todavía la cantidad que se acercaba a ver las maratónicas jornadas pugilísticas... Que se yo, será que no había casi televisión y la gente se distraía en el cine, la cancha, algún circo eventual y cosas así.
El cargo, que yo llevaba con mucho gusto, imponía la obligación de ser juez en caso de que la regional no pudiera mandarlos en número suficiente y por supuesto el compromiso de asistir a todos los eventos similares que se organizaban en forma rotativa en toda la zona del sur mendocino. Lo que sí se trataba de asegurar era que el árbitro, al menos, fuera de un lugar neutral para evitar que a causa de algún favoritismo, se armara una gresca entre las hinchadas o simpatizantes presentes, mucho más violenta y difícil de controlar que la que se debía desarrollar sobre el ring.  De todos modos eso no le garantizaba al árbitro que pudiera equivocarse, tenía que andar siempre con sumo cuidado respecto de algún potencial disconforme con sus fallos arbitrales,  dispuesto a esperarlo a la salida y cobrarse la “injusticia” en su humanidad.
Pobre tipo, porque todo se hacía casi gratis y de corazón... Había que tener pelotas, realmente para meterse a árbitro... Siempre me he preguntado que tiene en la sabiola un tipo con esa clase de vocación... El que cobra buen dinero bien, vaya y pase, pero el que no... Bueno pero eran otros tiempos. La gente era más sana... se apostaba claro, pero no sé ¿Habría menos malicia, menos drama?… Aunque por ahí exagero, me acabo de acordar cuando un referí de San Rafael nos bombeó asquerosamente contra Pedal Club y al término del partido habían colgado una horca del aguaribay que estaba en el portón de la cancha… La policía tuvo que trabajar lindo para impedir la intención de la hinchada local
Pero volviendo a lo que te contaba, una vez  tuve que completar la terna del jurado y viví una de las noches más divertidas que recuerdo...
Resulta que peleaba en semifondo uno de Real del Padre con el crédito local: el Kid Zurdo, que no era otro que el Turco H. Si, si el del almacén... Yo estaba sentado justo bajo el rincón del Kid Zurdo y vi en detalle -además de la paliza que se iba comiendo en las primeras vueltas- los gestos y los diálogos entre el Kid y su entrenador. Creo que por el quinto o sexto round nuestro crédito se derrumbó en el banquito y entre quejidos y resoplidos le suplicó a su coach que tirara la toalla...
A lo que el entrenador le contestó:
- Dejate de joder, que ya está cansado. No ves que no salta como al principio y ya no saca tantos golpes... Dale, dale que él hizo el gasto y está cansado…
Y el Turco, escupiendo el imposible protector y manoteando aire desesperadamente le retruca:
- Si... pero yo... estoy cansao... de recibir... que es peor... ¡¡Huevón!! 
Tuvimos que declarar EMPATE, porque cuando sonó la campana el entrenador lo empujó al Kid Zurdo hacia el centro del cuadrilátero y éste con el envión y las manos adelante, creo que para cuidarse del nuevo e inminente castigo, le embocó la única mano de la noche a su rival que al parecer portaba la famosa “mandíbula de cristal” y que cayó redondo…
Redondamente sobre él y acompañándolo en la caída, fue a dar nuestro crédito desfalleciente.
El público era un llanterío de risa…

viernes, 26 de agosto de 2011

ESCABECHE

El que habla y cuenta es el Negro Videla, casi una institución en Villa Atuel, cultor de la memoria oral y dueño de una verba florida y un estilo gracioso y delicado…

“Salimos una vez a cazar vizcachas, cuando ya habían empezado a ralear de la zona. Íbamos con el Pituso y el Poroto en la camioneta del Gringo… El Gringo hacía poco que había llegado al pueblo y nunca había salido de cacería, fue el que insistió y ofreció su vehículo cuando casi se suspende la cosa porque el Pituso no disponía del suyo.
El entusiasmo del novato hizo que al principio disimuláramos el deplorable estado de su camioneta pero el comportamiento de la misma hizo que olvidáramos rápidamente la cortesía. El motor metía mucho más ruido del recomendable para una cacería nocturna, casi no tenía frenos... una vez que enfocabas con la luz los animalitos tenías que tirar en movimiento o esperar que se detuviera mucho mas adelante en un ángulo desfavorable... El otro problemita era la falta de reacción de la chata que imposibilitaba una persecución exitosa y amenazaba con caerse a pedazos por los consabidos pozos que tiene todo campo que se precie de contener vizcachas.
El Gringo -como  buen primerizo- manejaba siguiendo nuestra indicaciones y se limitaba a eso, a conducir. Los tiradores íbamos parados en la caja y usando el techo de la cabina como eventual apoyo para apuntar. Apuntar y errar, errar sistemáticamente. 
El Pituso, ya podrido de no darle a nada pidió el volante y lo vituperó fieramente al Gringo por el deplorable estado mecánico del móvil. Y ahí, cuando los demás ya nos resignábamos, el Gringo sin decir nada se dispuso a vivir su bautismo de fuego.  Peló su escopeta doble caño y al primer tiro le dio caza a la magra cena de esa noche...
Sobre que las vizcachas ya eran modestas de tamaño, a las únicas dos que le atizamos, fue con las perdigonadas del Gringo y por supuesto, de carne comestible no quedó casi nada.
El Poroto que es el “Chef” oficial de este tipo de campaña se había ido preparado con sendas bolsas de zanahoria, su proyectado escabeche degeneró en un guiso anaranjado con algún dejo de grasa del simpático roedor...
Tuvimos que dormir con los ojos abiertos para gastar algo de vista.”

jueves, 16 de diciembre de 2010

Picado en BERMEJO

El Negro se quitó unas gafas negras -de mafioso- y me miró desde unos ojos rojos y estrellados.
-¿Qué te pasó?
-Estuve soldando ayer al rayo del sol y no me di cuenta que miraba más por fuera que con la máscara… que se yo... Así que pueden considerarme una baja, pero traje al Hormiga…
-El Hormiga ya estaba contado, veremos cuantos vienen… ¿Y el Flecha?
-Le avisé. Por ahí viene con algún otro. No te preocupés, si falta alguno elegimos uno del público… y si tiene remera celeste mucho mejor…
-¿Por qué?
-Para decirle “Celeste” cuando le pidas la pelota
-Hay que ser boludo
-¡Ah! Si lo dice Dolina está bien, si lo digo yo…
-No, soldar sin la máscara digo
-Ah, y… te encandilás y no te das cuenta… después se te llenan los ojos de arena...
-Si, a Borges le pasó con un libro. - aportó el Hormiga citando secamente un viejo chascarrillo segoviense
-Y a Cacho Castaña la garganta ¿O era al Polaco? - replicó el Negro, aparentemente concentrado bajo sus gafas y girando la cabeza hacia la voz del Hormiga con la nariz apuntando para arriba, comenzando lo que me pareció una imitación a Stevie Wonder.

Algunos de los que habían venido conmigo escucharon atentamente el diálogo… El Negro después declararía entre languidecientes cervezas y el mosquerío de las mesas forradas en  fórmica que ese fue el primer gesto de su estrategia para semblantear a los oponentes y el primer indicio de su segura derrota...
Me había tocado organizar un picado entre los del centro y los de Colonia Segovia, el lugar elegido quedaba más o menos equidistante, una cancha mediana –digamos de futbol 9- en Bermejo, donde cobraban un fijo por el alquiler del campo de juego y un plus al que se quedaba a comer. Conchabé por un lado a mis compañeros de futbol de los miércoles- que tenían que traer un par de invitados- y por otro al Negro que armaría el conjunto de la Colonia… la joda era llegar a 16 o 18 jugadores, para no tener que improvisar atravesando la cancha y renunciar a los arcos reglamentarios…

-¿Es un equipo armado el que viene? - siguió la charla el Hormiga mientras se disponía a ponerse doble par de medias.
-No bolas  ¿qué armado?  es un rejunte. Y de los que conozco están el Yampol, el Gordo Pinto y el Fernando que es el que reclutó al resto… un cuñado, un vecino… veremos
-Digo para programarme, mentalizarme ¿Me entiende Panconi?
Lo miré nomás… le había empezado a copiar cierto estilo, entre solemne y chacotero, al Negro desde que éste casi lo adoptó como asistente sonidista primero y después para todas las tareas y o actividades que se le ocurrieran o le surgieran. Siguió…
-Si es una cosa informal bueno, media máquina y está bien… ahora si es un desafío entonces hay que graduarse más exigencia, para no dejar mal el nombre de la Colonia ¿no?
-Mirá, lo único que me preocupa es que seamos 15 por lo menos, porque si no el picado va a ser un desastre y la cancha nos va a costar un huevo… Del centro venimos nueve, tal cual lo pautado… Lo busqué al “ciego”:
-Negro ¿no que iban a sobrar jugadores tuyos?
-¡Pará, pará! –me sacó una excusa nueva- los de la Colonia jugamos a la tarde, cuando el músculo lo pide y lo disfruta… (Y seguía moviendo la cabeza hacia los costados como empujando las gafas, la nariz para arriba, la boca algo entreabierta después de largar cada frase).
-Solamente a un gringo se le ocurre jugar a las 10 de la mañana…
-Claro comamos el asado primero y después jugamos ¿ah?
-Es una opción, yo para el asado te junto unos cuantos más… si querés…
-¡Dale hijounagran!… Contemos a ver si largamos
-Somos, bah son… los muchachos... Mis muchachos son cinco, Panconi
-Y seguro que de celeste no hay nadie...
-No, pero ya hablamos con ese de naranja -y señalando al bulto gritó- ¿Agarra viaje Naranja?

Al resto del grupo se había incorporado el Flecha que trajo otro más. El de naranja se sumó cruzando el alambrado, y yo para equilibrar el número y siendo el conocido común de los dos grupos, me pasé de equipo cumpliendo también con mi responsabilidad de organizador…
-¡Che, Fer! Yo juego para la Colonia, somos ocho pa siete…
Antes de que el Fernando asintiera y para sorpresa y beneplácito de todos, el Negro, haciendo un último Stevie Wonder largó un triunfal:
-¡Ocho pa ocho! Voy al arco hasta que llegue alguno.
-Genial -dijo el Flecha- estamos como esa zamba: con un ciego al arco y otro al violín…
Lo miré al Hormiga y le dije:
-Subite el selector de exigencia
-Tranquilo Panconi, son pan comido…

Así jugamos… el flaco Martinetti, un faro desgarbado pero impasable por arriba, en la defensa con el “Naranja” que no era ningún negado; yo al medio, tratando de marcar y armar; el Hormiga, amontonando y desairando rivales como enganche y el Flecha, haciéndole honor a su apodo por las dos puntas… más el aporte de los otros convidados que, acostumbrados a participar del fulbito espontáneo, se expresaron lisa y llanamente en la simpleza del juego de conjunto, sin hablar, sin discutir, tirando cada tanto alguna individual pero cuidando el progreso asociado.

Al principio pareció parejo pero después del cuarto de hora, los del centro se comieron un baile que hasta les caldeó el ánimo… El Fernando trataba de alentar su equipo y uno de ellos, cansado por ahí de correr al pedo, dejó caer una frase que casi lo pudre todo:
- Dejá, Fer, dejá!!! Son negros, que querés!!!
Lo escuché… rogué que el resto no, o que se hicieran los desentendidos
-¿Pasa algo Panconi? - Me apuró el Flecha, como diciendo si acá comienza otro partido, lo empezamos ya mismo.
Yo lo miré al tipo de la frasesita, con una mezcla de bronca y pena… El Fer se hizo el boludo… desde atrás sonó una voz imperiosa:
-Abrite Panconi!… era el “ciego” que estaba al arco. Dándole continuidad al juego enderezó el entuerto y no pasó a mayores. Me la puso al pie sobre un costado al medio de la cancha, lo busqué al Flecha y este al Hormiga… fuimos tocando y regulando –sin sobrar. Hicimos un par de goles más, se cumplió el tiempo…

Los ganadores nos quedamos al asadito más Yampol y el Gordo que absorbieron con dignidad el gaste y ahí entre brindis, ponderaciones exageradas y cargadas a los ausentes, el Negro – con las gafas en la frente y los ojos en carne viva- desglosó una a una sus intervenciones: los rebotes involuntarios al principio, la referencia al tanteo de los palos, las gafas revolcadas en el porfiado polvo de Bermejo por un avance amenazante del rival, las arengas que tiró durante todo el partido -primero para calentar a los rivales y luego porque los había calentado- hasta dosificar cargándolos con clase en el epilogo del juego, amonestando artificialmente a los nuestros, como para demostrar que ganar nos significaba un esfuerzo…


En ese modo tan suyo, provocó el Negro la hilaridad de los presentes y fuimos construyendo entre todos la algarabía de una sobremesa dilatada. Seguramente, también sembramos ahí esta evocación mediata, aplazada hasta hoy en que me siento a escribirlo para homenajear y corresponder  la persona y el hecho, y estimar en su dimensión la vivencia que enseña lo que significa ponerse  en “cuerpo presente” cuando a los compañeros les falta uno.

Hugo Fernandez Panconi
15/12/10

jueves, 19 de agosto de 2010

Tío GENARO

Para algunos era tonto, para otros loco y para el resto era alguien que se hacía lo uno o lo otro, según le conviniera. Lo cierto es que era el menor de seis hermanos pertenecientes a una familia de laburantes, que se habían hecho un buen pasar gracias al esfuerzo acumulado de dos o tres generaciones. En ese contexto Genaro tendía a desafinar… Solía decir: “Demasiado trabajó mi padre, es bueno que yo descanse”

Alternaba indolente entre la distracción y el no hacer nada y a fuerza de intercambiar con los notables del pueblo, se le dio por apoyar la lucha del proletariado, en dilatadas charlas de bar y café. La familia decidió intervenir enfrentando el problema de raíz: en la mesa de un mediodía dominical, una docena de parientes le enrostraron airadamente, todos a la vez y luego cada uno a su turno, su desinterés por la empresa, por su futuro y hasta por su aspecto y aseo personal… Genaro, en silencio, iba terminando de comer al tiempo que los demás esperaban con cierta ansiedad oír los argumentos de su defensa, entonces el tío se puso de pie y con las manos apoyadas en la mesa, mirando lentamente a su alrededor, disparó solemne: “Demasiados artistas en escena, perjudican la función. Con permiso…” y se retiró con dignidad nobiliaria.

A partir de ese momento la familia, de pomposa tendencia occidental y cristiana, trató de disimular el bochorno que la oveja negra representaba y prefirió tenerlo lejos… Al cabo de un tiempo ya no se lamentaba demasiado la ausencia de datos sobre el paradero, la condición y/o las actividades del “loco” que cada tanto reaparecía, aunque cada vez más esporádicamente.

Se sabe que en la Argentina ser comunista jamás fue bien visto, pero en algunas épocas y hasta hace poco nomás, era casi mortal. En esos tiempos que el loco Genaro se vio forzado a dejar el pueblo, encontró al parecer cierto amparo del partido y entre otros rebusques para sobrevivir, dio con una de sus actividades favoritas: pegar afiches callejeros a favor de Benito Marianetti, un tipazo de Mendoza, que contaba entre todas sus capacidades, el defecto de ser de izquierda. Cierta vez, después de unos cuantos meses sin noticias de Genaro, Felipe, el hermano mayor, recibió una notificación desde el Hospital Central de la ciudad de Mendoza, consignando que en una de sus camas yacía en proceso de lenta recuperación el hermanito. Cuando lo fueron a buscar lo encontraron vendado como una momia y ante el requerimiento de que detallara los sucesos que lo habían dejado en tan lamentable condición, se limitó a declarar que se había caído del tranvía.

El lector puede intuir a esta altura que siendo pegatinero de los comunistas, el tranvía referenciado por Genaro, debe haber sido más bien, un celular o un colectivo o hasta un tren, con las fuerzas del orden que lo abarajaron en plena tarea propagandística y le dieron de palos como para que le alcanzara por el resto de sus días. Algo así se deben haber imaginado también los parientes. Lo trasladaron a la casa paterna, unos trescientos kilómetros al sur de Mendoza, y tras una convalecencia de otros tres o cuatro meses, el tío se levantó y de a poco, para que no estuviera al cuete, le fueron dando algunas tareas en el taller de la empresa…

Al tiempo pareció que Genaro no sólo se había repuesto sino que además se había reformado, tal su contrición al trabajo y la excelente integración desarrollada con el resto de los obreros. Pero cuando Felipe y los demás ya pensaban en cantar victoria por haber recuperado al hermano descarriado en el seno familiar, el loco Genaro les pagó organizándoles una huelga de todo el personal, que no se levantó hasta que los patrones accedieron a mejorar el salario y reducir la jornada laboral, según lo establecían los derechos internacionales del trabajador.

Las reformas -y el consecuente levantamiento del paro- se celebraron, como corresponde, con un asado comunitario.

domingo, 8 de junio de 2008

El "Cometa HALLEY"

Esta historia me la refirió el Chiquito Nascelli, dueño del “Cometa Halley”, un cachorro cruza -mayormente- de Galgo y Manto Negro. El pomposo nombre del perro respondía a su aspecto físico: tan flaco, que al pasar sólo se notaba su cola.
Cuando don Toto –padre del dueño del animal- leía o escuchaba el pronóstico del tiempo anunciándolo ventoso, solía decir: 
-“Chiquito, andá a atar el perro. Mirá que la última vez parecía una bolsa de naylon contra el alambrado”
A pesar de esto el Chiquito, no dejaba de reconocer las virtudes del “Cometa”. Después de un susto traumático sufrido en un incendio -que lo dejó sin habla o, mejor dicho, sin ladrido- decía que el animal le indicaba con un revoleo de ojos y un leve movimiento de cabeza, la presencia de extraños en la casa. Así de inteligente era... 
Digo era, porque ya no lo tiene. Se lo prestó a un primo al que le robaban las gallinas. 
Desde que llegó el perro los ladrones no se volvieron a presentar... No porque el “Cometa Halley” los atemorizara, sino porque se comió las gallinas.-

martes, 21 de agosto de 2007

Olores PASAJEROS

Una nube de olorcito a chorizo asado se subió al colectivo en la parada que está junto al carrito del choripanero. Como hacía mucho frío todas las ventanillas iban cerradas así que la nubecita se acomodó en el interior, casi pegada al techo y a medida que el viaje se desarrollaba fue posándose en los pasajeros, rebotando suavemente como lo hacen las pompas de jabón...
Antes de iniciar el viaje,  el chofer había limpiado el piso del colectivo con un detergente de Hierbas del Bosque y ese era el otro aroma que viajaba junto con los pasajeros...

Algunos tomaron de buen grado el olorcito a chorizo, pues les avivaba el hambre que saciarían en cuanto llegaran a casa. A otros en cambio no les gustó nada. Preferían el olor del detergente que era más limpio y daba una idea de “frescura natural”...

A los hinchas del olor a chorizo, esa sensación de frescura no hacía más que aumentarles el frío del invierno, mientras que los que preferían el olor a hierbas pensaban que el otro olor era vulgar y sucio de humo y que los chorizos seguramente serían de mala calidad y por eso, perjudiciales para la salud...

Mientras tanto los olores allí presentes ya se habían presentado...
Cuando el olorcito a chorizo sintió todos estos pensamientos -porque los olores, como andan en el aire pueden hasta escuchar los pensamientos- le dijo al de Hierbas del Bosque: 
- Mirá, yo soy un olor a chorizo... No sé si el chorizo es bueno o malo, si hace bien o mal, si está cocido o crudo... Yo no soy un chorizo... Soy nada más -y nada menos- que un muy buen olor a chorizo asado...
El de Hierbas le contestó que tenía razón. A él le había ocurrido algo parecido. Lo habían metido en un envase plástico junto con un líquido detergente para que se complementaran limpiando y perfumando... Pero él no era un detergente ni tenía ninguna intención de limpiar nada. Era un riquísimo perfume de Hierbas del Bosque y como tal quería andar por el aire, no envasado en una botella -mojado y apretado- o como ahora atrapado, estrujado y aplastado por tanta gente... 

Al escucharlo, la nubecita choricera se estiró como tendiéndole las manos. El de Hierbas se aferró a ella y con un respingo se terminó de despegar del suelo... Entonces flotaron juntos hasta llegar a la puerta de bajada. Apenas se detuvo el colectivo se bajaron y se fueron de la mano lo más campantes y perfumantes a viajar en el mejor vehículo que tienen los olores: el viento.
Algunos pasajeros pensaron que los olores se mezclaron y confundieron... Pero, en realidad, los únicos confundidos eran sus pensamientos...

miércoles, 23 de mayo de 2007

Picado en la NACIONAL

La picaban los mejores, para que fuera parejo, y éramos como 30 cada siesta de los sábados. La canchita pertenecía al predio de la escuela nacional, que ocupaba –y ocupa aún- toda una manzana, donde además estaba la casa del maestro y su familia. En esa escuela -la primera que hubo en el pueblo- estudiaron casi todos nuestros padres y estudiaban muchos de los jugadores que allí nos juntábamos.
Después del terremoto del ‘29 la reconstruyeron con el nombre de “Argentinos-Uruguayos”, porque la plata para las obras la sacaron de un par de partidos amistosos entre las selecciones de fútbol de ambos países. Es posible –por la fecha y lo que cuenta Galeano en “El fútbol a sol y sombra”- que en uno de estos partidos se haya convertido aquel gol desde el corner, sin que nadie la tocara, y que fue bautizado como “Olímpico” por el titulo de campeón que detentaban los charruas.
Argentinos-Uruguayos, crecimos oyéndolo y leyéndolo así, como dos calificativos complementarios, no distintivos. Me acuerdo que en uno de los cines del pueblo -el Atuel- pasaron una vez “Los Gauchos Judíos”, y yo asociándolo creí que como había gauchos judíos también había argentinos uruguayos...
Con el tiempo vi que no andaba muy errado.
La cancha tenía algunas zonas blandas que generaban unos nubarrones de polvo donde era dificultoso ver, pero resultaban ideales para arremeter contra los más habilidosos, con pocos reparos por su integridad física. Como contrapartida, al costado donde daba la sombra de los eucaliptos le correspondía un fino y áspero manto de coquitos que te arañaban lindo cada vez que ibas al suelo. Ambos factores combinados contribuían al aspecto de indio volviendo del malón que mi vieja mencionó alguna vez al vernos llegar en patota por el medio de la calle central del pueblo.
Ahí vi jugar al Marquitos Maroa que no había quien se la quitara, y después al Pepe Ríos y al Indio Talacasto, que en realidad se apellidaba Leguizamón, pero había heredado el apodo del padre que le daba duro al tintillo. Como cuando lo conocí en el baby fútbol, éramos muy chicos, tardé un tiempo largo en saber que “Talacasto” era una marca de vino y recién cuando nos encontramos en la 5ª del club lo asumí rebautizado con su verdadero apellido. También solían caer el Pichón Álvarez y el Angélo (así, con acento en la e), el Mono Nahuel, el Ganso Freire que iba a mi mismo grado y después jugó profesionalmente en San Martín de San Juan.
Todos jugadores de dominio, panorama y pelotas bien puestas en todo sentido, aunque en honor a la verdad hay que decir que el Pepe era medio vago y el Indio medio taimado, y el Angélo –pobre- medio animal... Todos -así a la distancia y en al evocación- buena gente.
Ahí también, mamó uno la concepción del juego y se grabó de manera indeleble una forma de sentir el fútbol (de entender -dicen algunos- pero yo les desconfío). Las faltas las cobraban los protagonistas de la jugada. No hacía falta árbitro. Los penales, para existir, debían ser provocados por alguna acción muy fulera, alebosa y desleal. Además después, se tiraban afuera o con desgano o a las manos del arquero, porque de penal lo hace cualquiera. Parece mentira lo que se festeja ahora cuando un “artillero” le pega fuerte al medio y “burla” la elección del arquero. Lo otro es que, como el partido se sabía generoso de goles, estos no se gritaban. Bueno… a veces, por ahí, salía alguno calentando o queriendo calentar contrarios y se auto festejaba la conquista, pero era mas común otro tipo de desenlace: el que la empujaba adentro era saludado con un “bien” o “buena” de sus compañeros, o un toque al pasar, como una caricia en la sabiola si la jugada lo ameritaba, y se iba en silencio mas o menos satisfecho según la factura del tanto.
Con el tiempo supimos que a eso se le llamaba potrero, y que algunos pocos profesionales ostentaban el prestigio de haberse forjado allí; lo que se evidenciaba cuando ante la opción: resolución segura o audacia lírica en una jugada, se elegía la segunda, aún a costa de perder un partido, una conquista o la simple posesión de la redonda.
El picado de la tarde de los sábados le daba a ese día su lugar en el calendario, y al pueblo su permiso de animación, su entrada a la fiesta. Don Bastías habría el bar de enfrente, a eso de las seis de la tarde y después de regar la vereda se acomodaba en su silla petisa a ver el final del partido si había dos equipos, o de los partidos -que si habían mas equipos- se jugaban a un gol o a diez minutos…en este sistema el cero a cero, mantenía al ganador del partido anterior. A veces el camión regador –mejor dicho, su chofer- se estacionaba en medio de la calle para sumarse al interés de los espectadores que sentados en troncos o sobre la bici, apoyados o colgando del alambrado circundante colmaban la platea de atrás del arco. La vereda de Bastías entonces, perdía sensiblemente el privilegio panoramico, hecho que los parroquianos mitigaban con algún tempranero vasito de vino de la casa y una canción que la única fonola del pueblo –aún funcionando- le devolvía a cambio de una moneda de diez, o de cincuenta…
(Con todas las veces que cambió el peso ya no me acuerdo… )

Llamados quizá por una especie de mística que devenía de la mezcolanza de edades, del número de participantes y de todo el espectro socio cultural pueblerino representado, los jugadores de la primera del Club Villa Atuel solían tirarse una cana al aire, trenzándose entre nosotros un día antes de su desafío oficial. A la noche, otra clase de mística, mas de bailongo digamos, los hacía tirarse otras canas y perder seguramente más de un atributo de fuerza viril, pero la verdad era que las más de las veces, en la cancha, eso no se notaba.
Lo digo porque los del picado sabatino, éramos también la hinchada dominguera. No teníamos bombo pero el Bocha, mi primo, (le decíamos "Bochini" porque es de Independiente, y en la primera semana de su secundario un preceptor inclemente le sacudió 10 amonestaciones) se fabricó una matraca de madera que metía un quilombo bárbaro y al tiempo ya teníamos tres o cuatro repartidas en la barra.
La pasábamos bien en la tribuna pero esos partidos eran para ver, eran otra cosa, por más emotivos que fueran, siempre nos resultaban cortos. Nosotros estábamos acostumbrados a jugar hasta que el sol se ubicara en el hueco que se hacía justo bajo la copa de los eucaliptos y sobre los techos de las casas de la diagonal que va para la Vasconia. En ese momento, y sin que importara el estado del tanteador alguien gritaba último gol gana y se consumían el tiempo y la energía restantes, entre sobradoras jugadas personales y algunos “tacles” voladores, que dejaban algunos revolcados, muchas carcajadas y sendas nubes de tierra que se elevaban, buscando ser atravesadas también ellas como las del cielo, por los últimos rayos solares del sábado.

martes, 22 de mayo de 2007

Area 58

De alguna extraña manera pero con un método que dominamos con precisión, estamos jugando al fútbol sobre el agua. No en una superficie barrosa o inundada, sino que literalmente corremos sobre la superficie líquida del mismo modo que aquel que inició la cuenta de nuestro años, caminara sobre el mar para asombro de sus descreídos discípulos.
La escena se desarrolla sobre un manso oleaje y -como suele pasar en los sueños- se expande hacia los contornos y varía su centro con una velocidad indeterminada e imprecisable. El peso temporal de la acción es mucho mayor que lo que se tarda en narrarla…
El caso es que llevo en mis pies la pelota, hago lo que más me gusta en este juego, comando la acción. Observo la posición de mis compañeros, les grito que vamos juntos y que esta jugada termina en gol… Es un convencimiento que emana de mis movimientos y se transmite como certeza. Sé -sabemos todos- que debo esperar que me salga el último defensor para filtrar el pase entre él y el arquero que lo sigue, esto es inminente, pero al segundo paso que he dado en esa intención, noto al levantar la cabeza, que el arco rival está ahora más lejos… Tan lejos que dejo de verlo mientras trato de conservar el dominio sobre la pelota…
Caigo en la cuenta que el arco al que propendemos está del otro lado del mar, la otra orilla… se juega de costa a costa… me dice una voz o algo y automáticamente pierdo la pelota luego el equipo y acto seguido la capacidad de correr sobre el agua…
Ahora camino con el agua a la altura del pecho y las manos sumergidas –los codos hacia arriba, los dedos abiertos- buscando, palpando… No es la pelota lo redondo que toco, sino la cabeza de un cadáver que deriva unos veinte centímetros bajo la línea de flotación… El agua y el cuerpo tienen un reflejo azul oscuro. El ahogado va serenamente boca abajo y las yemas de sus dedos apuntan blancas, muy blancas, hacia arriba…
Al despertar abandono con pesar un muerto de manos luminosas y una cancha en la que jugaría con gusto este picado de mi vida… Después, ya inserto en la mortal vigilia, sabré por un vecino que soñar con el ahogado es motivo para apostar al 58 y pensaré que no hay forma de marcar un gol si se te corre así el arco…
Se podría agregar que jugadores y ahogados se van relevando en ese fantástico campo (santo) de juego, pero prefiero parar con las analogías.