miércoles, 5 de septiembre de 2018

Mota PERPETUA

[1]

Era noviembre de 1989 y hacía apenas unos tres meses que había llegado a vivir al Distrito Federal de México. Quería probarme que en condiciones menos adversas que las que había vivido hasta entonces en Argentina, podía mantenerme, con mi incipiente familia, de mi trabajo como músico. Mientras eso se dirimía finalmente por la positiva, pero después de casi un año, estuve como es previsible tirando líneas entre conocidos, y conocidos de conocidos, para dar lo antes posible con algún trabajo estable.

Fue en ese tiempo que conocí al César Olguín, un bandoneonista cordobés de Río Cuarto que hacía ya diez años que residía en México. Nos hicimos amigos porque dadas las circunstancias era muy sencillo: una suerte de simpatía automática nos hizo muy afines y aunque no fue hasta mucho después que hicimos algo de música juntos, el Negro Olguín se convirtió en una suerte de guía. Me orientó en la tierra de los aztecas y en los diversos ambientes musicales que convivían -es un decir- en la gran mole del DF.

Las anécdotas y una cantidad respetable de vivencias compartidas, darían para escribir un rato largo pero lo que quiero contar en esta oportunidad, es la primera vez que vi al Negro haciendo su música. Antes lo había visto fugazmente en algunos tugurios “hueseando” como le dicen en la jerga musical mexicana al laburo circunstancial del músico, acompañando algún cantante, pero no recuerdo de eso más que el saco celeste que llevaba puesto y que conjugaba y le daba arraigo al ambiente de “cabarute” que suele albergar el repertorio de los tangos más famosos.

Esta vez que digo era, por el contrario, en un ambiente más fino en todo sentido y auspiciado si mal no recuerdo por la UNAM Universidad Nacional de México. La música del trío de “Tango Contemporáneo” que integraba el Negro junto con Jorge Christian, un saxofonista de Santa Fe,  y un contrabajista mexicano del que no recuerdo el nombre, era en gran parte original del Negro, salvo un par de temas de Jorge y las versiones de los temas de Astor Piazzolla.

La sala era un auditorio espléndido, espacioso e iluminado de forma moderna. La zona destinada a los músicos estaba a nivel del suelo y las butacas se disponían en gradas ascendentes y semicirculares. Al igual que Astor, el Negro toca parado con el pie apoyado sobre una silla y el fueye sobre su pierna derecha… A la izquierda estaba Jorge, también de pie, con sus saxos y, en el medio de ambos, semi sentado en una banqueta alta, el contrabajista. Delante de cada uno, el respectivo atril pletórico de partituras. La música comenzó a fluir sin más palabras que un saludo de agradecimiento inicial y la presentación  del nombre del trío: Gea

Celebré de entrada la osadía en el abordaje de los arreglos explotando las posibilidades y combinaciones tímbricas de los instrumentos en cuestión y me dispuse a disfrutar de ese lenguaje que nos identifica a los argentinos estemos donde estemos… Si bien no todo era Piazzolla, cada frase lo referenciaba… Las luces proyectaban cuasi texturas que se entremezclaban generando espesores de luz, los que a su vez dialogaban en algunos casos de forma muy sugestiva con la trama sonora… 
Los dos primeros temas me parecieron de entrada un tanto largos. Me fijé en el hermoso programa impreso, pero no figuraba la lista de los mismos. Calculé que serían composiciones originales. Después del tercer tema, ese si de Piazzolla, curiosamente también algo extenso –cuestión de estilo pensé– el Negro despejó las dudas, presentando lo escuchado. La primera composición era de su autoría y la segunda pertenecía al hombre del saxofón. 

De repente, sin entender bien por qué, empecé a intranquilizarme. La ansiedad de poder formar parte de algo como lo que estaba escuchando, era un deseo que me atravesaba de punta a punta, pero no, no era eso… El Negro había sonado raro al hablar, eso… Era algo de eso y la mirada que le echó a Jorge, el que, por otra parte, era una delicia de escuchar. Un timbre muy delicado en saxo alto y un fraseo agresivo que mezclado con el del bandoneón, te llevaba a ciertas calles de adoquín, a viejo café de barrio, a barriada de domingo escuchando el partido por la Spica[2], y todo ello entre las luces que jugaban con las siluetas de los ejecutantes, proyectadas sobre las superficies laterales y el techo altísimo, estirando un juego de sombras en el movimiento y las tensiones, por momentos extremas, de la relación armónica… Me pareció que de verdad había pasado como medio tiempo de partido, pero el tema continuaba… Los acordes que de pronto ejecutaba el bandoneón me resultaban muy despegados en relación al matiz que intentaba el saxo… lo que la melodía necesitaba… A este paso tocan dos temas más y se termina el recital, pensé. Un “fortíssimo”[3] sostenido en los acordes plaqué de negras  no era lo que convenía, pero la cara del Negro no parecía tener la intención de “acordar” en ninguna conveniencia.

¿Qué le pasará a este rayado? Terminaron con los consabidos aplausos incondicionales. El Negro dejó el fueye en la silla, se sacó el elástico que le sujetaba en una rala colita el pelo escaso y largo. Dando una media vuelta y alisándose el pelo, dijo algo hacia atrás, a lo que Jorge asintió, se volvió a acomodar la cola del pelo y agarró suspirando el bandoneón. Dispusieron las nuevas partes en los atriles y a la cuenta de cuatro empezaron el quinto tema de la noche. Miré el reloj, llevaban una hora y cinco minutos tocando…

En vez de abandonarme a los estímulos que me proponía la música me quedé esculcando al trío, tratando de adivinar qué carajos estaba sucediendo. Noté que el Negro entraba de nuevo en una variación que acababa de tocar, y el tema ya iba por los cinco minutos… Jorge dejó el soprano con el que venía tocando y agarró el saxo tenor, pero al entrar en la melodía el arreglo era el mismo. No, no, la parte. La parte era la misma…Y el saxo le daba aire a un sorprendente solo. Me intrigué aún más, pero animado porque me pareció que empezaba a entender que sucedía… aunque no tuviera la más puta idea de por qué. En eso el Negro levantó y abrió exageradamente el fueye por sobre su cabeza, cagamos me dije, esto se pone cada vez más raro… Creí que se le iba a hacer mierda el instrumento, pero en vez de volver a la posición original se sentó en la silla y siguió tocando, acentuando los acordes exageradamente y además pateando con furia en el suelo, como quien le marca el compás a un sordo…
Eso duró el minuto final de la composición. La gente se rompió las manos aplaudiendo. Yo también pero por desconcierto y contagio… 

Pidieron o más bien pedimos otra y no hubo caso el Negro rejuntó sus partes en la carpeta, alzó el fueye con las dos manos, como si fuera un niño y se mandó tras bambalinas. Jorge todavía saludó agradeciendo un poco más y el contrabajista levantó su brazo saludando a alguien de atrás, arriba… Para mi sorpresa, no vi a nadie cuando giré la cabeza… El saxofonista y sus tres saxos se retiraron también, pero el tipo del contrabajo siguió todavía un rato apoyado en su banqueta y alzando cada tanto su brazo derecho como si celebrara algún éxito deportivo, juntando con torpeza y parsimonia las partituras en su respectiva carpeta. Los más rezagados en salir lo felicitaron cuando pasaron cerca, el tipo estaba feliz… dijo algo de esta música maravillosa…

Estuve un rato largo esperando afuera, porque habíamos quedado con el Negro que nos llevaba de vuelta a Jorge y a mí. Cuando salieron casi tuve que reprimir el saludo… le di la mano a Jorge     – ¿Te gustó? –Espectacular le dije. – ¿Viste? Viste boludo que te amargás al pedo– le dijo con sorna al Negro – al Flaco le gustó . El Negro esbozó una mueca que quería ser sonrisa. Fue a decir algo, pero en cambio se quedó con el dedo índice, curvado al modo de las manos de bandoneonista, frente a la cara de Jorge que ya no le daba bola, tratando de señalar algo que no le salía por la voz…

Quise ser diplomático y dije – Che, más allá de cualquier problema, los temas están de puta madre…    
– ¡De puta madre y la reputa madre que me parió! –Explotó el Negro en el volante y sin arrancar el auto – Eso, la puta madre que lo parió a ese hijo de la chingada… Lo tengo que cagar a trompadas… La próxima vez que me diga que se tiene que fumar un porro para relajarse, lo relajo a patadas en el orto… Y vos no me digás nada, nada, porque la ligas vos también – Jorge agachó la cabeza reprimiendo la risa. – Hijo de una gran... pacheco de mierda, con la mota a todas partes e incapaz de leer una pinche partitura…

Caí por fin… largué una carcajada desde el asiento trasero… el Negro seguía puteando pero ya no le alcanzaba para mantenerse furioso… El Jorge me explicó – El tipo… el tipo del contrabajo... se fuma ¿viste? – yo no podía contener la risa, el Negro puteaba. Jorgito abundaba – Y se mete unos caños de mota y bueno… después no puede seguir su parte… Se pierde, no encuentra nunca el final… tocamos “da capo” no sé cuantas veces… y en casi todos los temas…
–“Da capo al segno”[4] en forma perpetua… –acotó el Negro, y siguió todo el camino recitando en el común idioma del insulto su repertorio enriquecido… – La puta madre carajo… y su rechingada madre que lo parió… Por eso… por eso digo, nos va a llevar la chingada…




[1] Juego de palabras sobre una obra de Paganini: “Moto perpetuo” (Movimiento perpetuo). “Mota” es uno de los nombres de la marihuana en México
[2] Vieja radio portátil, muy usada por los hinchas de futbol para seguir el relato, tanto en las casas como en la tribuna.
[3] “Fortissimo” indicación de matiz que implica ejecutar un fragmento musical con fuerza o al mayor volumen posible.
[4] “Da capo al segno” indicación escrita en las partituras musicales que ordena la repetición desde el comienzo hasta la aparición del “signo” que señala un compás determinado, luego del cual se salta a otro compás distante, generalmente indicado con la palabra “Coda” que es la parte final de la obra.

¡Dale BOCHA!


Largaron y el equipo del Bocha se entremezcló por el medio del pelotón. Eran tres vueltas de cinco kilómetros cada una. Terreno mixto: tierra, asfalto y enripiado. El punto de llegada, del que acababan de partir, estaba en el medio de la recta de tierra. Una calle típica de los campos de General Pueyrredón, con una leve pendiente que posibilitaba ver mejor la aparición de los ciclistas doblando desde el camino enripiado y observar su desarrollo pasando por la línea de partida y siguiendo hacia la porción de ruta.

Desde donde me ubiqué lo pude ver al Bocha alejándose y dándole duro en la subida, con el cuadro que se le bamboleaba entre las piernas, para apurar un despegue del pelotón antes de entrar en el asfalto. Era parte de la estrategia del equipo. El Bocha había comenzado a entrenar ese año. No tenía bicicleta propia y, como según su padre, era de berretines pasajeros, en la familia no le prestaban mucha atención a las cosas con las que él se entusiasmaba. El único que lo tomó en serio fue un viejo que tenía un taller de la bicicletería del centro de Mar del Plata, cuyo proyecto era hacer de su hijo de 17 años un competidor olímpico. Lo vio llegar un día con una bicicleta tres “talles más grande” –ya que el Bocha es petiso, tanto que “Enano” es uno de sus apodos– y lo ignoró. Pero luego “el Enano” se presentó porfiadamente en los entrenamientos y eso lo ablandó al viejo. Le ofreció un cuadro chico, azul medio descascarado, que tenía herrumbrándose en el taller, y le dijo si se animaba a armarse una bicicleta más o menos a medida. El Bocha se animó y ahora integraba el equipo del taller del viejo que capitaneaba su joven hijo.

No reconocí al primero que dobló desde el ripio para agarrar la recta en la que estábamos. Al segundo sí, era el hijo del viejo. Se fueron sumando y así de lejos, ya no se distinguían bien las siluetas, pero entreví cercano al grupo que tiraba adelante, al Bocha y su minibici. Pasaron por la línea con unos veinticinco o treinta metros de ventaja respecto del pelotón. En cuanto comencé a correr por el costado y de atrás, dándole gritos de aliento, vi que el Bocha se quedaba. De repente algo pasó que lo obligó a dejar de pedalear. Miraba para abajo, reconcentrado, tratando de aferrar algo con la mano derecha cerca del pedal… se le había salido la cadena. Lo pasaron los del pelotón y unos cuantos más… Ahora su cuadro se inclinaba para ambos lados del plano, pero no era por el envión que sus piernas le daban sino, a causa del equilibrio que estaba obligado a conservar mientras trataba de enganchar la cadena zafada y colocarla de nuevo. El reglamento dice que el que se baja de la bicicleta queda fuera de carrera. No pedaleó en un trayecto de más de veinte metros… había seguido con el envión, y con esa terca paciencia que solía exasperar a todos, hasta lograr por fin, enganchar la cadena con su dedo índice y hacerla calzar en el dentado del plato. Miró para atrás, le hice una seña con los dos brazos… estaba antepenúltimo. Embaló de nuevo en soledad, cuando el pelotón ya agarraba el asfalto.

Seguí alentando y puteando para mis adentros porque me dolía en el alma la mala leche del Bocha, con tanto esfuerzo para sobreponerse a las carencias materiales y de las otras... Me acordé del día que anunció que se tenía que afeitar las piernas, para cumplir con las exigencias reglamentarias. Ante una caída, la presencia de pelos en las heridas es absolutamente indeseable, y el Bocha era una suerte de oso piloso. Estábamos todos en la puerta del baño, los hermanos, la madre y yo viendo como le sacaba brillo a los muslos con la “trac 2”. Lo gastaron con las cargadas como es también reglamentario. Yo no, me quedé piola, aunque me reí bastante festejando los comentarios que el Bocha, a su vez, alentaba.

El viejo ahora, hablaba con uno de sus ayudantes y con su mujer… especulaban sobre cuántos de los seis que integraban el equipo habrían quedado en el pelotón y quién o cuáles podían ir tirando con el pibe entre los de adelante… Yo me cagué –siempre para mis adentros- en el equipo, y lo putee al Bocha pero como si lo alentara.

Aparecieron de nuevo… no se veía ahora a nadie suelto. El pelotón había tomado la punta. Los equipos seguramente especularían conservando las posiciones, hasta llegar al asfalto para, ahí sí, intentar despegarse encarando la última vuelta. Me estrujé los ojos mirando hacia la parte más baja, tratando de distinguir en el montón la figura característica del Bocha, pero no lo conseguí hasta después de que el pelotón completo pasara por delante de nosotros. Venía pegado con otro, de otro equipo, a unos cincuenta metros del pelotón. Por atrás solo aparecían tres más, además de los dos rezagados de la vuelta anterior… O sea que entre veinticinco corredores el Bocha pasó vigésimo la segunda vuelta. Le largué un DAAALEEE BOOCHAAA que tenía toda la historia de la infancia compartida, los acuerdos y las peleas, esa complicidad tácita de primo hermano que nunca se pone en discusión y que era útil para encarar tropelías y apechugar castigos. Desde tratar de hacer funcionar a escondidas una moto que nos cansamos de ver descompuesta en el taller, a “mandar al bombo” en el fulbito a algún agrandado que nos caía mal, o mandarnos sin permiso a bañarnos en el canal… o robar las primeras uvas en los viñedos de Enero… o escaparnos catorce kilómetros en bicicleta al pueblo más cercano… ¡Dale Bocha! seguí diciendo ahora en voz no muy alta, pero repetidamente…
Cuando los de adelante ya estaban cerca del asfalto, pude ver que el Bocha se abría bien a la orilla y volvía a pararse pedaleando sobre el cuadro zigzagueante… ¡Guarda con el borde blando de la huella! pensé… pero lo perdí. No supimos cuándo ni cómo dobló.

Después de mi alarido de aliento, ante el paso sufrido y esforzado del Bocha, el viejo se me había quedado mirando un rato. Quise chequear si ese interés perduraba, pero ya estaba en otra cosa. Su mujer me dio una sonrisa llena de ternura. – ¿Sos amigo del Bochita? dijo – No. Soy el primo… Ahí el viejo me miró de nuevo y como si estuviera hablándole al Bocha indicó… “Tiene que dejar que tiren todos en el asfalto pero no perderlos…” Empecé a pensar que el viejo lo consideraba de verdad al petiso… “Solamente hay que ubicarse en el pelotón en el enripiado y doscientos metros antes de la última recta atacarlos, pero sin sostener…” Amagar, pensé… “Que crean que querés y no podés… cuando doblen pegas el sprint verdadero y ahí veremos cuanto te aguantan esos muslos”
– ¡Y que no se te salga la puta cadena! – agregué yo, también como hablándole al viento

El primero que vimos agarrar la tierra firme era el hijo del viejo. La mujer dio un gritito y el viejo se agarró fuerte los bordes del pantalón en sus piernas,  a medida que se agachaba para aguzar la vista. Yo no lo festejé hasta que el quinto o sexto que vi doblar coincidió indefectiblemente con la baja altura del cuadrito azul, y las gambas gruesas y brillantes del Bocha… siempre por afuera, zigzagueando, tirando solo.

Entró segundo, atrás del capitán de su equipo. El viejo y sus ayudantes dieron gritos y vivas. La mujer lloraba sonriendo. Yo corrí y lo abracé al Bocha, ahora puteando de contento y orgullo.
Me acordé de aquello de los “berretines pasajeros” que contrasté con las recomendaciones del viejo director del equipo de ciclistas, y me preparé una frase para esa noche en la mesa familiar, donde les iba a enrostrar a todos ese triunfo del Bocha, hecho con sacrificio y en silencio, casi en soledad… “Los que no te apoyan porque no acuerdan con lo que querés, simplifican argumentando que no podés”


miércoles, 30 de mayo de 2018

Persuadidos precoces y DELIRANTES CRÓNICOS


Los aludidos en el título no son necesariamente personas o personajes distintos. Tranquilamente, esas características espirituales pueden encarnar en el mismo tipo o misma tipa, en diferentes momentos de sus respectivas vidas. De ahí lo pintoresco de nuestra fauna compañera. Es más, tal vez a un espíritu tempranamente persuadido, en determinada dirección, no le quede otro destino que el del delirante, pero eso no sería por responsabilidad propia y excluyente del sujeto, sino del contexto que se negó a evolucionar con él, en el sendero cuya persuasión avizoraba hacia el bien común. Un destino patrio, ni más ni menos…
Este enrevesado introito viene a cuento del locro que nos estamos embuchando en una esquina del barrio de Balvanera, después de haber gozado de una función de “El puchero misterioso” a cargo del Cuarteto Cedrón y la Musaranga, en el teatro El Popular, con el novel amigo Ricardo Acebal y a quién le debo el convite que finalmente me ha develado el misterio del puchero musarango-cedroniano: un delirio compañero, ni más ni menos.
La Musaranga es la Compañía Nacional de Autómatas, un otro delirio de muñecos, engranajes, tarros, hilos y lamparitas de circo, controlado –es un decir– por una banda de hombres y mujeres que insisten en ser niños y ejercer el correspondiente candor y desparpajo. Desde el jinete cara de termo, presentador con su ventrílocuo hasta el desfile final, bien criollito, lleno de patos, algún perro, un ñandú, todos bailando al son de la orquesta de Rafael Rossi (aunque primero me pareció que era Feliciano Brunelli), uno se siente compelido a volver al tiempo de sus tempranas fascinaciones… a saber que el circo y el parque de diversiones eran/son lugares donde el tiempo se trastoca/ba profundamente… El crío yo que me tironea de adentro se puso a hacer desastres con todo lo evocado entre esos movimientos y sonidos, esas luces y esas palabras, con insistencia ordenadas en décimas, hasta dejarle paso al adulto, a que echara el moco escuchando a la muñeca Nelly Omar y al dramático Ignacio Corsini, acompañados de sendos virtuosos guitarristas. Pa’ agrandar la maravilla el Tata Cedrón viene y se pone a “dialogar” con la Nelly y le dedica de nuevo un Estilo que antes le cantara… “Cuando te fuiste”… que dice por ahí “Nunca jamás se abandona lo que llorando se deja”… ¿Habrá uno dejado llorando aquellos tiempos de infancia que parece que no los puede abandonar nunca del todo?
Pero pa’ colmo la Compañía además edita libros, tan criollitos como el circo y los muñecos, y vengo y me topo con las “Décimas a lo que escribo” del José Santucho, cantor, escritor y compositor de los pagos de Pergamino, hijo del entrañable Tuchi y la Negra, que abona la dicotomía unificadora, delirante y persuadida...

“Dando forma a lo que pierdo
A lo que sé que no vuelve
A aquello que se disuelve
En un pensamiento lerdo,
Que nació del lado izquierdo
Siendo apenas sentimiento
Y que buscó fundamento
En el fruto en que se labra,
Fui haciendo de las palabras
Relevos de mi sustento”

Y como era la noche especial del poeta Alejandro Cantarella[1], escuchamos de su voz algunas cosas que escribe él mismo y otras que le hace escribir a un tal Tiburcio Porvenir, otro muñeco atorrante pero de profunda sensibilidad… que terminó vendiéndome uno de sus libros, el “Horoscopero Etéreo Criollo”, que recopila y guarda cien destinos posibles, del 0 al 99, para todos los hombres y mujeres de buena voluntad y no tanta, que acierten a pasarle cerca al circo, al libro o al Tiburcio…
Extraigo el final de uno de esos destinos, elegido al azar, el 54 – VACA BUENA
“Sea un cualquiera entre tantos (de hecho lo es, pero el sino le pide que se acepte como tal) y no subestime a la lombriz, la única que partida al medio pelea por dos.”
Como se puede apreciar, delirios son los que sobran. Ya dije antes que de alguna manera estos implican algún tipo de convicción temprana, al menos una. Dije también que estamos, así en presente, comiendo un locro que no desentona con lo vivido anteriormente, con el amigo Acebal, quien  después de la elogiadera compartida, y allá por los tiempos de la niñez, se demora un ratito en Perón…
– ¡Cómo no iba a conducir el viejo si era capaz de convencer, de persuadir decía él, a cualquiera que lo oyera!… A mí me persuadió a los siete años. La familia estaba construyendo la casa, metíamos el material para adentro. Yo ayudaba con mis fuerzas de niño a meter los ladrillos, los cargaba de a cuatro y caminaba para el fondo. Mi viejo llevaba de a diez. Seguramente mi madre había puesto la radio, escuchábamos al general discursear "Hemos afirmado que el lema argentino de la hora económica ha de ser producir, producir y producir..." [2] Con esa frase me convenció, a la siguiente acarreada cargué siete ladrillos, y seguí llevando de a siete…
–A los siete años ya eras un argentino… Eso no es común ahora le digo, mientras le corrijo el vaso, al viejo niño Ricardo que además participa de otro delirio llamado “La Panadería”, en Burzaco, un refugio pa’ la criollada y los símbolos en disputa. Como la Patria ni más ni menos…
Al pegar la vuelta, quiero precisar si la evocación del pasodoble “Bella Morena” por la orquesta de Rafael Rossi, me lleva a un mi mismo, argentino ya, o aún en ciernes, o peor… peleado con el origen propio y embobado con otras realidades, mejores por lejanas… El abuelo Pancoto pasa bailando por la pista del Prado Español… me dice una vez más, socarronamente “Pórtate bien Melenita…” Los cantores cierran el tema a duo: …No seas ingrata bella mariposa, entre las rosas mezcla tu arrebol, de esa boquita quiero la dulzura que sos más pura que un jazmín en flor…
Dan ganas de sacar a bailar a la historia. O mejor aún, a la Patria. Impura y bella, siempre latente, siempre inconclusa. Conjurar tanta ingratitud arrastrando los pasos en un pasodoble, aferrado a su cintura concreta y simbólica… Perpetua como una convicción delirante



[1] Cada noche el Tata y la Musaranga homenajean e invitan a un poeta popular al que reconocen con una placa. Recurso que en Mendoza acostumbraban los delirantes del Grupo Alturas, con la institución del premio Violeta Parra. Ejemplos estos que debieran ser mas imitados, ya que estos reconocimientos sirven antes que nada para conocernos entre nosotros, los del campo nacional y popular y además para legitimar/nos a y entre los nuestros, y contrarrestar en algo la caterva de intelectuales alquilados del establishment
[2] Discurso del 5 de marzo de 1952 por la cadena de radiodifusión… "Quien gasta más de lo que gana es un insensato, el que gasta lo que gana olvida el futuro" "Algunos han visto como contradictorio que se aumenten sueldos y salarios, cuando se desea disminuir el consumo. El procedimiento de quitar poder adquisitivo al Pueblo Argentino para mejorar los negocios internos o internacionales no es justicialista. Nosotros no somos empresarios de la miseria; antes bien, nos inclinamos a organizar y racionalizar la abundancia. No anhelamos como solución hacer estoicos a la fuerza, sino formar ciudadanos virtuosos por convicción. Por eso pedimos temperancia, no imponemos sacrificios inútiles".



jueves, 17 de mayo de 2018

ZABALA y los actores de reparto

Zabala se sienta en la gran sala que le quedó como tal, desde que mudó la carpintería al galponcito del fondo. Se ceba un amargo frente a un plasma de cuarenta pulgadas y dice la cagué, no dejé espacio para la estufa a leña. La extraño, dice. 
Veo que ahora está sentado frente al televisor como le gustaría estar frente al fuego, pero no le digo nada. Me recuerda que tengo que prever eso en la casa del viejo, el lugar para la chimenea, el hogar, etc.… Pasa un mate, le devuelvo elogios sobre el piso llaneado, de limpia rusticidad -más de acuerdo con la estufa ausente que con el plasma que le sigue reclamando la mirada- mientras repaso algunos cuadros repartidos en las paredes. 
Frente a la churrasquera tiene colgada una foto de Perón montado en un caballo pinto. Que estampa, digo, el caballo y el coronel. Un grande, dice, protagonista de su tiempo y del que le siguió hasta ahora. Ahora, le contesto casi sin ganas, está Mauricio. No, corrige sereno, ahora está Cristina. Desde que vino Néstor, está Cristina y seguirá siendo protagonista, como Perón… concluye haciendo crujir al mate con una categórica chupada.
Pero retoma inmediatamente… En esta película que ya hemos visto, no hay un problema de protagonistas, no puede haberlo cuando aparece un Perón o una Cristina, el problema lo tenemos con los actores de reparto… Y con los espectadores, le interrumpo, ya que antes ha dicho, como al pasar, que espera que “pase algo” en Buenos Aires con tantas marchas que hacen los porteños contra el ajuste y la entrega de la gestión de “Cambiemos”. Me mira y asiente, pero vuelve al plasma y sigue diciendo… los actores de reparto que se filtran para hacerse notar, a eso me refiero, y después cuando de verdad hay que defender “los argumentos” se van con el guionista de turno…
La alegoría cinematográfica le sirve a Zabala hasta para explicar pichetos y bosios. Pero es apenas como nos los explicamos nosotros, los extras…le digo. Ellos, evidentemente, aspiran a más. Es el gran problema de la aspiracional sociedad argentina… Le recuerdo que no hay problema con los protagónicos en tanto aparezcan ¿O ya te olvidas que en nombre de Perón nos cagaron, cuántas veces?
El remanido guión que nos toca encarnar desde fines de 2015 es una “remake” de lo mismo de siempre, la dependencia servil de los perros ricos de este país, que se aseguran de moverle la cola al imperio y sentir lujuriosamente la presión del collar en el cogote… Para eso cuentan siempre con el apoyo de los oportunistas que ven en ese inmundo movimiento la ocasión de manotear algo más de guita, ya que si la vida es una mierda es mejor pasarla con dinero. Mientras el pueblo la padece y la sostiene como puede perdiendo derechos y trabajo, prestaciones y servicios… Sobre todo aquel sufrido y heroico pueblo que no quiere ser perro… ¡Ah! Pero lo votaron, dice.
Vuelvo sobre la idea de los espectadores del país federal que congregados al calor de la imagen del algún noticiero esperan que pase algo en Buenos Aires, esta fiero le digo… fiero que algo suceda si todos esperamos que los demás pongan el cuerpo. ¿Y acá en el pueblito, qué vamos a hacer? ¿Y si hacemos algo, quién se va a enterar? Le digo que es una excusa perfecta para no hacer nada… Me mira resignado y apurándome a que agarre otro mate…
Así, como lamiéndonos las heridas compartimos el mate que da para recriminarse y vanagloriarse de cosas que en realidad nos quedan bastante lejos en tiempo y espacio; da para discurrir sobre la franquicia del peronismo en algunas provincias y ciudades del llamado interior de un país federal-mentis, y mientras tanto la Justicia Social, bien gracias; da para corroborar el legitimado e irracional aumento de las tarifas de servicios, con el argumento de que estaban desactualizadas, pero pregunta Zabala ¿Por qué no se fueron esas empresas si perdían tanto dinero?; da para constatar el odio de clase en la propia clase, también producto de lo aspiracional… Los desclasados argentinos son una joya sociológica, si cobráramos derechos para que los analicen y publiquen los resultados, generamos una nueva “royalty” dice. Le cuento entonces del gomero del pueblo, que opina que se terminó la joda, que ahora hay que trabajar y pagar los impuestos… Que a él le va bien porque siempre lo hizo… Pero al carnicero que está en la otra cuadra le vinieron diez mil mangos de luz… ¿Cuánto asado tenés que vender, para levantar ese muerto? No, y eso no es nada, retruca el carnicero, ¿Sabés cuántos asados ya no me como?… Y antes teníamos dos o tres asados por semana… Y claro, le digo, era una joda…
Era una joda, y se terminó. Y no falta el boludo que se cree que se terminó por culpa de los que mejoraron el reparto en la distribución de la riqueza, o sea los que se fueron, que como dicen en la tele y la radio se la robaron toda. Ahora es cuando se la están llevando, les digo… Pero no, ni al gomero ni al boludo le entran balas. 
Pienso ahí con Zabala, que este es el gran problema de no dejar espacio para poder mirar el fuego y en cambio quedar a merced de las opiniones de la prensa alquilada convenciéndonos de que todo aquello que nos perjudica es para nuestro bien… En cada ciudad, en cada pueblito además hay radios locales donde se han reproducido majules y leucos, como la peste que son. Locutores de voz aflautada o grave y agravada, devienen analistas políticos, carentes de perspectiva histórica pero con un énfasis digno de mejor paga. Sólo su complejo de inferioridad les pide tanto, supongo… ¡Ah! y el hecho de dejar claro que por pobres piojos que sean, no se los puede confundir con la negrada peronista.
El “error imperdonable” del peronismo primero y del kirchnerismo recientemente, en la década ganada, es el mismo: la mejora del reparto en la distribución del ingreso a favor de las clases menos favorecidas. Eso es claramente un pecado para la oligarquía perruna, que ya lo dijimos adora lucir el collar del amo del Norte, y como pecado no se perdona. Se castiga. Claro que calificar este recurso de la gestión política como “error” puede provocar malos entendidos y el consecuente rasgado masivo de vestiduras en tanto peronista de sarcófago que anda por ahí vampirizando a las nuevas generaciones… Calma compañeros, calma radicales no se agiten… 
Digo que es un error porque el argentino y la argentina típicos, que se esfuerzan por mejorar sus condiciones de vida, que no poseen una clara formación en lo político, y que no tienen porqué ser considerados a priori  como malas personas, ven que la ayuda social, los incentivos para el estudio, el apoyo económico y la cobertura de salud para las madres jóvenes, más un largo etc., son un “derroche” de los impuestos que pagan. Consumen y reproducen inmediatamente todo eslogan que estigmatice tanto esos recursos como sus correspondientes destinatarios. “Plan descansar” recuerdo que llamaba un amigo de la familia, un cuentapropista, con la natural tendencia gorila racista anti negros que abunda entre nosotros, al plan “Argentina Trabaja” que se instrumentó en la primera década del 2000. Y antes, en el primer peronismo, había pasado lo mismo. Perón fue acusado –entre tantas otras cosas– de alimentar vagos. Me dirán que como eso no es así, los que están en un error son los otros.  Sí, claro. Pero voy a insistir, como los otros suelen ser parte de la tropa del enemigo, no nos podemos dar el lujo de que se apiolen por si mismos de dicho error (recordar que hay un recurso económico cada vez más importante destinado a influenciar comportamientos, y con sujetos como Magneto y compañía del bando de enfrente… No sé si alguien de los nuestros se siente un X-men o algo por el estilo, capaz de derrotarlo con algún poder para-normal), tenemos que modificar la estrategia. Es más rápido y económico que lo asumamos de entrada como tarea, o vamos a estar otra vez ante un cuello de botella similar al del dólar en la matriz económico/productiva.
Es más fuerte el rechazo social que produce la competencia de esfuerzos, mediante una mejora de las condiciones de partida –que siempre está lejos de ser la tan mentada “igualdad de oportunidades” – que la resignación o la renuncia a mejores condiciones propias. O dicho de otra manera, un argentino actual clase media y media baja, e incluso entre los pobres, admite más fácil la permanencia en condiciones difíciles o negativas en lo colectivo, que la competencia de capacidades que genera, intra-colectivo, el insuflar recursos que desarrollen a sujetos subsumidos en condiciones adversas. No es sólo el progreso de un sector del conjunto, o del colectivo todo, lo que jode –con más razón a los oligarcas que a los que tenemos que laburar para comer– sino la corroboración de las habilidades, en muchos casos superiores, que se desarrollan entre los humildes con un poco de justicia social generada a través del Estado. Ese es el escollo insalvable en el medio pelo argentino y sus adyacencias, la verdadera piedra en el zapato, lo que no se perdona, el sapo que no pueden tragar… La cuota de orgullo y autoafirmación que son necesarias en todo grupo e individuo, está contaminada entre nosotros con una aspiración de auto-diferenciación acomplejada. El individuo no distingue claramente el grupo al que pertenece y adhiere al que aspira pertenecer… Eso le permite además alimentar el vicio morboso de repartir culpas entre los propios (que no reconoce como tales) 
Por eso hay que estigmatizar. Por eso se insiste en difundir un infundio insostenible: que los negros/pobres/villeros no quieren laburar. Pobre de todos nosotros si nos creemos semejante embuste. En todos lados he visto compatriotas que desean estar mejor y para eso se esfuerzan, es decir, trabajan. Ahí cribaba uno de los eslóganes de la campaña del impresidente Macri… “Todos tenemos derecho a estar mejor”. Flor de engaña-pichanga. Ahora tenemos la necesidad de estar mejor. El derecho nos queda nuevamente, parafraseando a Evita, detrás. Otra inversión de sentido marca Pro/Cambiemos
Y en cuanto al pago de servicios e impuestos, me atrevo a decir que sólo la masa trabajadora es la que sostiene el sistema impositivo y de servicios con su religioso aporte. Los evasores y ladris están justamente en las clases altas y en los empresarios de la calaña que abunda en el gabinete actual. Ceos y Garcas cuya admiración por el poder los hace incapaces de construir poder propio, por lo cual dependen de las estructuras establecidas en las que trepan y se acomodan para administrar localmente el poder del capital. Como mayordomos, serviles hacia afuera y déspotas hacia adentro.
Pero la argumentación estigmatizante y culpógena –no por abusada menos eficaz– les sirve para tratar de cumplir el sueño de la dependencia eterna. Crear una Argentina sin desarrollo industrial, primarizada económicamente, que se asegure un lugar entre los vagones de cola del tren imperialista, que nunca más pueda levantar cabeza, sin soberanía política, dependiendo económica y culturalmente del enemigo del pueblo. Una Nación de cartón… 
¡Mierda! dice Zabala, y eso que no estamos mirando el fuego carajo…
Mirá, le digo, figurones entre los actores de reparto va a haber siempre. Protagonistas que no dan el cuero, también. El problema es cómo hacemos para que el mejor reparto no genere odios entre el resto del elenco… ¡Mecachendie! dice Zabala ¿o sea que si estamos alguna vez en condiciones de volver a repartir justicia, vamos a tener que disimular? Qué película difícil che…

domingo, 24 de diciembre de 2017

¡Jallalla CARAJO!

Con un sentido abrazo a cada uno, apenas nos vio, modificó toda la situación y el contexto.
Como si nos conociera de toda la vida, nos guió hacia un adentro exterior, hablando y haciendo pases mágicos con las manos, la sonrisa, la mirada…

Después de eso el encierro se hizo patio y el patio mesa familiar y enramada criolla con niños jugando a tener abuela, y la enramada cobijó guitarras contravencionales para liberar palabras de pecho, lágrimas de garganta, alegrías de flores en los ojos hondos y fulgores de sonrisas entre gatos y chacareras…

El pasto pisado y zapateado se mezcló con el recuerdo de picante de pollo que el fondo de la olla porfiaba en expresar, sabiendo que esa comunión de olores hace  a los patios (la frontera del patio no es un alambrado ni una tapia, es siempre un perfume, la mirada que se le fugó a un gesto, un aire que anda buscando ser entonado)… y en medio de ese perfume vivimos de nuevo la bloquera de cemento produciendo incansable para que las compañeras y compañeros levantaran su casa con sus propias manos, el parque acuático con el piberío gozoso, el templo Kalasasaya con la gravedad de los vínculos ancestrales, embebidos de la hospitalidad que albergan los corazones fuertes y a la vez, tan dados a la caricia …

Nos fuimos entendiendo que el encierro es real porque es real lo construido, y que la libertad es perentoria por la cobarde destrucción enseñoreada (así en la provincia como en el país). Cada niña, cada niño con discapacidad atendidos en el Cemir, cada sueño que se animó a cobrar vida en la “Copa de leche”, cada persona que gracias al trabajo comunitario, se contempló en su verdadero tamaño, es ahora, otra vez, un pendiente… Algo por hacer nacer de nuevo.

Y hacer algo concreto –llevarlo de la idea a la realidad–  no depende sólo de lo material. Milagro lo sabe, por su raza, su género, su nombre… Y su experiencia.
La frontera del encierro no es una reja, un alambrado, una tapia… es el miedo y la melancolía, la indiferencia de los tantos.
La dimensión del odio empequeñece al gobernante y al guardia cárcel, en esa debilidad se agazapa nuestra esperanza…

El gesto de saludo que se le escapó a Milagro desde una distancia hostil para las cámaras, es un pase mágico para el pueblo argentino…
Lo sabemos los trabajadores y trabajadoras, los y las estudiantes, todos y todas las que andamos de a pie y sentimos el pulso violento de estos días. Las injusticias padecidas solo agregan legitimidad a nuestra lucha.
Volveremos, porque en esta situación, además de resistir, es lo único que sabemos y podemos hacer.


lunes, 9 de octubre de 2017

A Tarascón, nieto de MORDISQUITO



Lo que pasa es que a vos Tarascón, digno nieto del ortiva Mordisquito, y de su mismo pelaje te gusta la gente de mundo. Vos te sentís ciudadano del mundo y te encanta. Sobre todo cuando pensás en Miami o Barcelona. De Siria seis años bombardeada, Libia en guerra civil, desde que mataron a Gadafi o la Corea del Norte que ahora tiene poderío nuclear, preferís no acordarte. Ese no es el mundo… o en todo caso, sigue siendo el mundo que tutela para los yanquis y demás garcas como vos, el imperio americano y su super-poderoso y ultra-glamoroso ejercito con el más letal y estrafalario poder de destrucción que haya existido antes sobre la faz de la tierra. 
Si, esa parte también te encanta. Lamer la mano del amo que azota el látigo… y el látigo también.
Hay tanta gente que se ha deslomado para llevar adelante su existencia, que nació en la pobreza y que sin embargo, aun habiendo tenido que robar para darle de comer a su progenie, no perdió nunca la dignidad. ¡Ah! Acá se te van a quemar todos los papeles, vos no lo vas a entender… Te explico, porque a los aspirantes de espléndido como vos, los han educado bajo la sacralidad de la propiedad privada. Pero a los privados de toda propiedad, les sucede cada tanto que se tienen que retobar y salir a llenar de prepo un carrito de supermercado o matar alguna gallina para darle de morfar a los suyos… Y ese riesgo lo corren con vergüenza pero por responsabilidad. Vos no vas a entenderlo pero la dignidad es resultado de cierta propensión al sacrificio, y creo que todos estos términos, para vos, están apenas relacionados con la arenga que tus viejos te hacían cuando comparaban sus tiempos con el tuyo. El sacrificio para ustedes es el modesto esfuerzo que hacen para “hacer carrera” y seguir perpetuando el tiempo de injusticia social generalizada.
Ya ves que yo te explico con paciencia, pero la verdad es que no me como esa de que lo importante es el diálogo, no querido. Vos le llamas diálogo a los enunciados de ustedes sobre nuestra claudicación. Le pusieron un nombre a todo y lo pronuncian con una sonrisa falsa. Han inaugurado una nueva fase en el ámbito de los modales, son tan delicados cuando anuncian que las tarifas aumentaron y seguirán aumentando, tan pulcros cuando casi admiten que salen de cacería en las manifestaciones, tan calmos cuando renuncian a toda soberanía…
Y no paran porque, por ahora, les da buenos resultados. Y es que en el fondo nuestra gente es más buena que el pan… pero hasta los buenos reaccionan ante el engaño, la estafa y la injusticia.
Sigan abusando y entonces, la mueca sonriente de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, puede trabarle los músculos faciales y cuando diga “hablar mirándonos a los ojos” tendrá que agregar “bueno disimulá que se me cae la baba porque no puedo cerrar la tarasca”. ¡Ay! Tarascón
Porque la posta, Tarascón, es que si hablamos mirándonos a los ojos no necesariamente nos decimos la verdad. La verdad para ustedes es que no se bancan que los recursos, la guita bah, se reparta mejor. A eso le llaman asistencialismo y es como la peste para sus oídos y sus bolsillos acostumbrados a disponer a favor del que más tiene, la teta del estado. La verdad es que doce años de gobierno peronista de Néstor y Cristina Kirchner, que ayudaron a jubilarse a un montón de viejos que después de trabajar toda la vida estarían en la más puta miseria, te jode. Te jode que los pibes del pobrerío recibieran las computadoras gratis en sus escuelas para comprobar que las capacidades son similares si de verdad, una vez, igualan las oportunidades…
Porque yo crecí escuchando ese estribillo de mierda: que las oportunidades son las mismas para todos. Mi profesora de historia en el secundario, lo declamaba por ejemplo y que dependía del esfuerzo personal… y bueno y de la suerte que uno tuviera en la vida… (Pobre, andá a explicarle que si cree en el factor suerte su lema se vuelve absolutamente inútil…)
Y hablando de inútiles, Tarascón… ustedes se inflaman y dan manija con “las cosas que siempre se hacen mal en este país” como responsabilizando a los políticos, pero todos sabemos a esta altura que el poder lo manejan otros… No, ustedes no, ahí no cabés vos Tarasconcito. Vos no tenes el poder a vos te gusta pretender que perteneces, pero no… Vos sos el idiota útil que replica los argumentos de la clase que detenta el poder y que se satisface con las migajas. Vos siempre has hablado mal de la política y los políticos porque te daba piné, pero ahora que el país es “atendido por sus propios dueños” ahora te interesa la “gestión”, ahora hablas de la corrupción y de ese mal de este país llamado peronismo. Y claro seguís sin entender una goma. Me asalta esa duda de si sos tan imbécil que parecés un hijo de puta o viceversa.
La corrupción, te ilustro, la instalaron a este nivel, los que hoy son gobierno. Más precisamente la mismísima familia del presidente. Fundadores de la legendaria patria contratista que “hizo su agosto” con la dictadura militar. Porque ahí “gestionaban” los milicos pero tampoco mandaban. Y quedó instalado eso de hacer contratos con el estado, no cumplirlos y luego como dijo alguna vez Alfonsín, que no era peronista Tarasca, el deporte de hacerle juicio al estado. Si te informaras un poco mejor sabrías que esa mafia se extiende por todo el planeta y causa mucho más daño en países como los nuestros, los de Latinoamérica. Pero eso implicaría un esfuerzo de tu parte, y vos ya venís de vuelta Tarascón, vos no estás para discutir si el diario miente… Mirá que va a mentir. Lo que pasa que el diario dice cosas que los negros de mierda no se bancan… mejor pensar así para vos.
Y bueno, mirá, te lo acepto, no tenemos porqué estar de acuerdo. Vos me desprecias y yo no te quiero ni un poco. Cuando pienso que sos la piedra que inmoviliza los destinos de la Patria Grande, le  apuesto a alguna plaga que diezme sobre todo al medio pelo, me hago partidario de algún cataclismo… Pero es al pedo, porque eso siempre joderá mas a los que menos tienen. Te lo digo para que veas que no ando con eso de la buena voluntad y la comprensión dialoguista, sobre todo después de que con el diálogo perpetraron una nueva traición sindical en el movimiento obrero organizado argentino. Y para que sepas que vamos a seguir insistiendo en organizarnos solidariamente para, en principio, soportar los embates que esta gestión entreguista y neoliberal va a producir en la gran mayoría de los argentinos, y luego para ver si el movimiento nacional y popular puede volver a regir los destinos de nuestro país, que no se merece esta indignidad con buenos modales…
Ahí veremos el tamaño del desastre que otra vez pagaremos entre todos… Pero mira Tarascón, hablo sólo por mí, si yo te cruzo no te la vas a llevar de arriba. Perdé cuidado

martes, 4 de julio de 2017

Desde una silla PETISA




Hay un tipo en el techo de una casa de enfrente que desclava tablas de machimbre de los tirantes y las arroja a la vereda. Cada tanto pasan conocidos que le gritan desde el borde de la acequia, si por fin se ha puesto a limpiar, o si no les regala esas tablas… El hombre se desentiende rápido de las cargadas y posibles diálogos y sigue en lo suyo. Debe pensar que si no, no le rinde la tarea.

Por la calle, desde la cuadra anterior vienen trabajando unas máquinas de vialidad provincial, afirmando la tierra para comenzar a echar el asfalto, lo que siempre genera curiosidad. Algunos parroquianos interrumpen sus actividades, otros se congregan especialmente y apoyados en sus bicicletas, miran desde la esquina. Intercambian comentarios, comparten expectativas…

Ahora un camión semirremolque que llega del lado del canal se detiene en el medio de la calle, frente a la casa con el hombre en el techo. Al frenar deja escapar el aire produciendo un ruido estrepitoso que hace que todo el mundo lo mire… Todo el mundo, menos el tipo del techo, que sigue desclavando tablas doblado sobre los tirantes. El conductor del camión vuelve a dejar salir el aire de los frenos a la vez que le hace señas con la mano y tal vez le chifla o grita algo que se pierde en el ruido de frenos, motor y máquinas…
El del techo se endereza, asiente levemente con su cabeza y continúa con su trabajo. El del camión se baja pero antes, acciona el volquete del semirremolque. La mole de la carrocería se levanta lenta y aparatosamente, lo que hace que el tipo del techo, ahora sí, decididamente, le preste atención. El camionero le grita: – ¿Vas a arreglar ahí? – y sin esperar respuesta se mete entre el chasis y la carrocería del volquete, del que, por otra parte, no cae nada… Grita de nuevo: –Por ahí vas a necesitar esto – y saca, de un hueco en el chasis, sendos bultos de plástico negro plegado que arroja a la calle. –Son unos paños bien grandes de plástico, te pueden servir para ese techo y para otro más.  Recién entonces el del techo dice: – ¿Sergio… sos vos? ¿Qué haces por acá loco?

Una de las máquinas con el motor regulando desde la bocacalle, emite ahora una extraña y potente bocina. El camionero, o sea el tal Sergio, mirando para ese lado dice: –Estos no laburan nunca y ahora me quieren apurar –. El del techo vuelve a preguntar – ¿Estás trabajando acá? –No, no… nada que ver, hice un viaje con alimento para cerdos… qué voy a laburar acá, si estos no laburan…  Sigue diciendo mientras arrastra sus tremendos paquetes y se acerca a las tablas tiradas en la vereda… Conversan a pesar de la diferencia de posición en el plano… se preguntan por la familia y cosas así. El del camión ha dicho algo de que el viejo anda jodido… La extraña bocina vuelve a quejarse. La ignoran pero después de un par de minutos se despiden afectuosamente saludando con el brazo hacia arriba, la mano abierta de los dos que, esta vez, no se han estrechado. El del camión arranca y moviendo lentamente su mole, le grita a los de las máquinas: –Ya va, ya va, qué tanto apuro si  asfaltan tres cuadras y después descansan dos años…

Yo ya me he venido mayor y no me dan las patas para andarlas mucho, por eso me instalo en la petisa a tomar unos mates y ver pasar lo que pasa y los que pasan. Más temprano estaba viendo cómo el mismo vecino de la casa en obras se las ingeniaba en su pobreza para sacar afuera los escombros. Se ve que no ha conseguido una carretilla, pero su pibe aporta una patineta y en eso transporta un balde de veinte litros, de esos de pintura, cargado hasta el copete de escombros…

De máquina y de camión, de carretilla y de patineta… ruedas grandes y ruedas chicas… La más grande, la de la vida, lleva para mí un giro lento, digamos, ahora acá, sentado en mi petisa de matear… Pero… tanto movimiento, tanto ingenio, esfuerzo y colaboración en los demás, es algo que hay que agradecer…. No todos los días la solidaridad tiene esta sencilla rotundez para mostrarse, y menos en las mismas narices de uno…